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domingo, 15 de noviembre de 2015

Un domingo cualquiera



Relax, pijama y libro.
Los domingos son días míos, de quedarme en casa desconectada del mundo y no estar para nadie. Entre página y página de mi compañero de soledades la cabeza decide que es hora de pensar en lo que menos me apetece y en lo que menos debería. Pero ella es así, le encanta ser tan inoportuna como pueda y entonces el romperte los sesos se convierte en mi mejor enemigo (sí, quiero decir mejor enemigo porque contra él poco se puede hacer)
Lo único que quiero un domingo por la tarde es dedicarme un día a mi, a quererme, a relajarme, a consentirme, a evadirme, a olvidarme de todo y de todos y sin embargo acabo queriéndome menos, relajándome poco, consintiéndome nada y recordándolo todo.
Al final del día me prometo que el próximo domingo será diferente, que yo puedo ser la compañía más grata para mi misma y que sabré aprovechar los momentos de soledad que me regalo.
Así que me voy a la cama decidida, y en contra de todos deseando que llegue el lunes para empezar la semana con la sonrisa dibujada, comerme el mundo a cada instante y cuando llegue el próximo domingo ser capaz de disfrutar de mi como me merezco, como nos merecemos todos.
Y así, semana tras semana.

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